Los cuencos eran de piedra negra. Junto a ellos, los cautivos arrodillados guardaban silencio.
Sus manos habían sido atadas con seda. Tan tensas que la piel comenzaba a rajarse. Uno temblaba. Otro miraba fijamente los azulejos, como si pudiera encontrar en ellos algún sentido al tormento. Un tercero parecía no escuchar nada en absoluto.
La señora levantó un dedo. El sirviente le entregó un cuchillo limpio e hizo una reverencia tan profunda que su frente besó el suelo. Tras las cortinas de perlas, algo se agitó. Pasos descalzos, rápidos pero sin prisa. Entró una mensajera. Su frente relucía; sus ojos, agudos y cautelosos.
—Habla —dijo la señora. Una gota de sangre resbaló de la hoja y golpeó los azulejos.
La mensajera bajó la mirada. —En la orilla oriental de Marapur, algo descendió del cielo.
—Las piedras caen y arden —dijo la señora.
—Esta no arde. Congela.
La señora la miró. En la gran pila, la superficie roja se acercó hacia ella, arremolinándose alrededor de sus tobillos.
—Las hermanas apóstatas la han encontrado —dijo la mensajera—. Han regresado a la vieja ciudadela. Bajo la costa.
Ninguno de los cautivos se movió.
—Están excavando —dijo la mensajera.
La señora inclinó la cabeza. —¿En busca de mineral?
—De plata.
Una sonrisa rozó los labios de la Ardiente. —No hay plata en la luna.
La mensajera guardó silencio.
La sonrisa perduró un instante más, luego se desvaneció.
—No es plata ordinaria —enmendó.
Lentamente, descendió un escalón más adentro de la pila. La sangre se abrió alrededor de sus pies. Sus uñas rasparon suavemente el borde de piedra.
—Pretenden usarla. Para atar. Para moldear.
La mensajera no respondió.
—Por supuesto.
La señora se volvió hacia los cautivos. El que temblaba había dejado de temblar y ya no estaba.
—Nuestras hermanas confunden el hambre con la revelación. —Observó el filo del cuchillo. Luego el rostro del siguiente que sería abierto.
—¿Y las serpientes?
—Buscan ayudantes. Los desatados. Necios hambrientos de gloria. —La señora posó la hoja.
—Entonces enviarán mortales. —El primer corte fue superficial y preciso. La sangre fluyó de la vena abierta.
—Siempre lo hacen, cuando la noche se vuelve hambrienta.










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